‘The Fall of Communism and the Christian Church’ by Joseph Pungur

By David Rising, September 18, 2009 6:43 pm

The author writes about ‘The Contribution of the Reformed Churches to the Fall of Communism in Hungary and Romania’. This article pertains to the theme of another posting on Alexandr Solzhenitsyn, and you are invited to read my comments on the subject at that posting.

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‘The Soul & Barbed Wire: An Introduction to Solzhenitsyn’ by Edward Ericson, Jr.

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By David Rising,

          Here you will find BookNotes on a marvellous book about Alexandr Solzhenitsyn. Few have heard of A.S., yet he is one of the most important figures of the twentieth century. He changed the world more than any politician, diplomat, or political activist; bringing about the Soviet Union. Why is he virtually unknown? Because he was a Xn (Russian Orthodox). The Western media and intellectual elites, not wanting it known that it was a servant of Jesus Christ, who had effected such an important political event, suppressed the truth to fit their philosophical (read: theological) liking.

          Solzhenitsyn was one of (at least) three Xns crucial in the collapse of Communism. A reformed pastor, László Tökés, in Timisoara, Romania; and a Lutheran pastor, Christian Fuehrer, in Leipzig, East Germany played corresponding roles in their countries. But consider this!: We have observed that Xns in Romania, Germany, and Russia were instrumental in the fall of European Communism. But what of Roman Catholics in Poland!? I know nothing of this history. Wiki-Help! Furthermore, we can at least suspicion and perhaps expect that in the maybe near future the Church in China will be instrumental in their great country. The Chinese Communist leadership knows what happened and fears the Xn Church more than any other element (and Tibetan Buddhism??). We have here the great and totally unrecognized ecumenical phenomena of the 20th and 21st centuries: Reformed, Lutheran, Orthodox, Roman Catholic, and (next?) Chinese Christians bring down the greatest and most evil political farce ever conceived. 

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‘The Effective Executive’ by Peter Drucker

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By David Rising, July 4, 2009 10:34 pm

Peter F. Drucker. 1966. The Effective Executive. New York: HarperBusiness.

          Drucker is the doyen of business administration; he is to business consulting what Pele was to soccer. He is the starting point. This book shook me up. It changed my life. The key concept for me was the distinction between being efficient and being effective. Before reading the book, my focus and efforts were upon efficiency and little upon effectiveness. After reading it, at least yearn after effectiveness. There is hope: Drucker states: “I have not come across a single ‘natural’: an executive who was born effective. … Effectiveness can be learned—and it also has to be learned.”

          Below are links to read and download the booknotes on the book. Below that I will give some excerpts from my booknotes (notes on notes??).

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Misiones: Perder O Ganar por Efrain Barboza

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By David Rising, July 3, 2009 12:07 am

“TODO AQUEL QUE QUIERA SALVAR SU VIDA LA PERDERA, PERO TODO AQUEL QUE PIERDA SU VIDA POR CAUSA DE JESUS, LA HALLARA. Cuando uno escucha la palabra misiones, la primera impresión que nos pasa por la mente es sufrimiento, escasez, dolor, pérdida, tristeza, soledad, lejanía y hambre. Aunque algunas de estas cosas son una realidad que se experimentan en el campo misionero, no son la base que determina nuestro futuro, solo son parte de un trato y de un proceso necesario para aprender a depender totalmente de Dios.

No se puede ganar, sin primero perder, no se puede triunfar sin una preparación previa y un entrenamiento adecuado. Pero ¿perder qué?, ¿por qué mucha gente ve como una pérdida responder al llamado de Dios?, ¿qué quiso decir Jesús, cuando dijo que si no perdemos nuestra vida, no podemos ganarlo a Él? ¿Se refería a perder nuestra familia?, ¿perder el trabajo?, ¿perder nuestros amigos?, ¿no poder tener posesiones?, ¿no estudiar una carrera universitaria? Ciertamente, la respuesta es NO. Jesús no hacía alusión a esto. El hablaba sobre nuestro orden de prioridades.

Cuando ellas no están alineadas bajo su propósito y su voluntad, nos pueden desviar y hacer perder nuestro destino en Él. Cristo quiso decir, “Cambia tu orden de prioridades, para que te pueda usar”. Si el amor a nuestra familia es mayor que nuestro amor por Él, ahora, El está antes que nuestra familia, si antes no podía estar lejos de mis seres queridos porque mi corazón no lo resistía, ahora puedo porque el amor por Dios es más grande y más fuerte, su amor me ayuda a aceptar y amar a la nación a donde su Espíritu me ha envidado. Si pensamos que venir a las misiones es perder todo esto, tenemos un concepto equivocado de ellas.

Muchos cristianos han tenido un concepto religioso de las misiones. Todavía hay personas que piensan que un misionero tiene que ser una persona pobre, sin educación, un mártir que debe morir tragado por los caníbales. Algunos otros piensan que ser misionero es una fatalidad e ir tras una muerte segura. Otros creen que es andar en los lugares más remotos y perdidos del mundo, sin que nadie se acuerde de ellos y sin tener derecho a nada, ni al buen comer, ni al buen vestir. Otros piensan que la vida del misionero está destinada a la pobreza, al sufrimiento y al martirio mental. Nos sorprendería saber que en los últimos años muchos de los misioneros que Dios está enviando a las naciones son profesionistas, gente preparada, algunos lo han dejado todo y otros se sostienen de su profesión en el campo misionero. Conocí a un joven que pensaba que Dios lo había llamado a las misiones porque nadie más había querido ir.

Él decía que el llamado que estaba cumpliendo no era para él, sino para otra persona que no quiso obedecer la voz del Señor y por causa de esto, pues le había tocado a él ir, como si fuera un juego de azar, o un castigo de parte de Dios. Él se sentía un mártir emocional, estaba envuelto en la autocompasión, se sentía aterrorizado y temeroso porque pensaba que si no cumplía el llamado de Dios, el Señor le castigaría y nunca sería feliz, tenía pavor y temor. Él no miraba que era un privilegio y un honor, un gozo y una alegría ser llamado por Dios a servirle en el campo misionero. Su llamado era una carga, las misiones eran su Cruz.

Este joven miraba el campo misionero como una pérdida y no como una ganancia, pensaba solo en lo que perdería y no en lo que ganaría al seguir al Señor, (Luc. 18:29 y 30, NO HAY NADIE QUE HAYA DEJADO CASA, PADRES O HERMANOS, MUJER O HIJOS, POR EL REINO DE DIOS, QUE NO HAYA DE RECIBIR MUCHO MAS EN ESTE TIEMPO Y EN EL SIGLO VENIDERO LA VIDA ETERNA. Muchos cristianos tienen el llamado de Dios al campo misionero, pero nunca saldrán ni cumplirán su destino, porque están más centrados en lo que perderán, que en lo que ganarán. Es cierto, que hay que dejar cosas, desprenderse de sentimientos familiares y culturales, también es verdad que hay que morir a uno mismo y tomar la cruz todos los días y seguir al Maestro, pero esto no solo es para los misioneros, sino para todos aquellos que quieren ser discípulos de Jesús. Tomar la cruz y morir a uno mismo es para todos los que aman al Señor, no solo para los misioneros o ministros de Dios. Tomar la cruz diariamente es un requisito para todo cristiano que quiere seguir a su Señor. Dios desea cambiar este concepto misionero erróneo que muchas veces ha operado en la iglesia del Señor, una mentalidad religiosa y equivocada de los que son las misiones.

Cuando estaba en mi primer año en España, el enemigo atacaba mucho mi mente, me decía cosas como: “Que tonto eres, has dejado más por menos”, “No te das cuenta, has dejado a tu familia, a tus amigos, has dejado tu carrera que tanto te costo, por algo que no vale la pena”, “En España nadie te valora, nadie ve lo que haces, no te aplauden tu trabajo, en México estarías mejor, tendrías un sueldo seguro.” Este tipo de pensamientos, me estaban desviando del propósito de Dios, empecé a tomar una actitud de mártir y de auto-lástima, empecé a quejarme, la religiosidad comenzó a devorarme, hasta que el Señor trato conmigo y me hizo descubrir lo hermoso de servirlo, el gozo y el amor que produce hacer su voluntad y el privilegio de ser parte de una obra pionera en España. Ahora sé que no he perdido, sino que he ganado.

Ahora tengo el doble de lo que tenía antes. Llegue a pensar que perdería a mis amigos, la realidad es que he ganado nuevos amigos (tengo amigos en México y tengo amigos en España), llegue a pensar que perdería a mi familia, la verdad es que he ganado otra familia (en España Dios me ha dado esposa, hija, suegros, ahora tengo familia en España y en México), no perdí mi cultura, sino que gane otra cultura (sé cómo son los mexicanos y sé cómo son los españoles), no he perdido mi profesión universitaria, sino que he ganado otra profesión mayor: la del ministerio. (Mi carrera sigue estando conmigo, cuando quiera la puedo utilizar).

En México gastaba pesos, en España gasto euros, (he ganado otra moneda, ahora gano en pesos y en euros jajajaja), he ganado otro estilo de comida que también es bastante buena y rica. He ganado otra nación, porque ahora no solo amo a México, sino que también amo a España, es un gozo y una alegría para mí estar en esta nación. He ganado más de lo que he perdido, he ganado más de lo que pensaba. Obedeciendo al Señor ganas lo espiritual y lo material. Lo único que realmente tenemos que perder es el temor al futuro, el temor a no decidirnos. Lo que verdaderamente tenemos que perder es el temor a intentarlo, el miedo al fracaso. Perdamos el temor a llorar y a sufrir, perdamos el temor a viajar y a estar lejos de los seres queridos, la fortaleza que uno recibe del Espíritu Santo no tiene comparación. Debemos estar dispuestos a que Dios haga un cambio de prioridades en nuestro corazón y que el ponga un nuevo amor por las naciones y por el país a donde el nos llame, de esta manera haremos las cosas con mayor gozo, entusiasmo y energía.

Ten ánimo, alístate a las filas del ejército que no le tiene miedo a nada, que no tiene temor a dejar su nación, un ejército que sabe que queda poco tiempo para hacer discípulos en las naciones de la tierra. ¡GANAREMOS MÁS DE LO QUE PERDEREMOS, ESO TE LO ASEGURO! ¡MEXICO, LAS NACIONES TE ESPERAN, SI SIEMBRAS EN ELLAS, COSECHARÁS ABUNDANTEMENTE! ¡JOVENES, LAS NACIONES LES ESPERAN, 7500 PUEBLOS Y CIUDADES EN ESPAÑA, TE ESPERAN, NO LO PIENSES MAS!

Escrito por Efrain Barboza

El Complejo de Langosta por Federico A. Bertuzzi

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By David Rising, July 2, 2009 3:35 pm

Introducción

La Biblia narra que el pueblo de Dios se demoró en tomar posesión de la tierra prometida. Fueron cuarenta inútiles años de retraso. ¿Cuántas iglesias se están demorando hoy también en participar de la conquista de los campos misioneros no alcanzados? Cuando el carcelero de Filipos les preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”, tenía a quién preguntar. La respuesta de Pablo y Silas fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:30-31). El carcelero creyó junto a toda su familia y fue salvo. Pero él tenía a quien preguntar. ¿Y qué de aquellos millones que no tienen a nadie a su lado (ni cerca) que les explique cómo alcanzar salvación eterna? Los israelitas, habiendo salido de la larga esclavitud egipcia estaban a punto de entrar en la tierra prometida por Dios, cuando rápidamente se dejaron atrapar por el complejo de langosta que resultó en el trágico fin de su carrera. Los espías volvieron incubando ese complejo que fácilmente contagió a todo el pueblo de Dios. Dijeron, refiriéndose a ellos mismos en relación a los pueblos por conquistar: “Éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Números 13:33). Las ciudades amuralladas, el poderoso equipo bélico que disponían, y la altura extraordinaria de sus enemigos afectó de tal manera la auto-imagen del pueblo de Dios que se sintieron como insignificantes insectos. Y no sólo ellos se vieron a sí mismos de esa manera, también sostuvieron que los cananeos los veían así. De esta forma, creyéndose pocos en número y pobres en recursos para invadir exitosamente la tierra prometida, se sentenciaron ellos mismos a no salir con vida del desierto en que estaban. Y allí, durante los próximos cuarenta años, habrían de quedar sepultados sus cadáveres.

Un retraso inútil

¿Qué había sucedido? Su falta de fe en el poder de Dios y la indisposición de avanzar sobre el desconocido terreno del enemigo, impidieron que el plan divino se cumpliera a tiempo. El programa de Dios se vio inútilmente demorado toda una generación. El complejo de langosta, con su acentuada mirada centrada en ellos mismos que los hacía considerarse un pequeño pueblo, pudo más que la obediencia a la Palabra de Dios, e impidió que aquella generación llegara a la meta. Gran parte de los evangélicos en Latinoamérica hemos estado padeciendo igualmente de este complejo de langosta. Una mentalidad de pueblo pequeño y de escasos recursos nos ha influido en el pasado de tal manera que apenas si hemos hecho algún aporte significativo a la tarea de la evangelización mundial. Expresiones tales como: “Aquí queda mucho por hacer”, “Somos pocos”, “Faltan pastores y obreros”, “No tenemos suficiente dinero”, revelan algo de este oculto complejo de langosta que ha venido afectando a muchos evangélicos latinos. La mirada ha estado centrada en lo “mucho” que nos queda por hacer aquí, desconociendo por lo general, los objetivos mundiales de la obra de Dios y las necesidades mucho más apremiantes que presentan otros países del orbe.

¿De quien oirán?

Cuando el carcelero de Filipos preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”, tenía a quién preguntar. La respuesta de Pablo y Silas fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:30-31). El carcelero creyó junto a toda su familia y fue salvo. Pero él tenía a quien preguntar. ¿Y qué de aquellos millones que no tienen a nadie a su lado—ni cerca— que les explique cómo alcanzar la salvación eterna?

¿Somos de hecho así tan pocos?

Volvamos al carcelero de Filipos. Promediando, si un latinoamericano inconverso formulara la misma pregunta que el guardia cárcel de antaño, no tendría más que inquirir hasta tal vez unos siete otros latinos para encontrar por lo menos a uno que le diese la clara respuesta de cómo llegar al cielo por medio de Cristo. Esa es la proporción aproximada en nuestra América latina: un creyente evangélico por cada siete inconversos. ¿Es esto mucho o poco? y ¿Cómo es la situación en otros países? Veamos, por ejemplo, la situación en España, nuestra madre patria. Allí, si un gallego, catalán o andaluz se preguntara: “¿Qué debo hacer para ser salvo? ”, tendría que salir a la búsqueda de la verdad. Y tendría que preguntar hasta quinientos otros españoles para recién encontrar a un evangélico que pudiera responderle que Jesús es el único camino. Ahora bien, si cruzamos hacia el sur el estrecho de Gibraltar llegamos a Marruecos, al norte de África que está justo a las puertas de la propia Europa cristiana. En esa nación, la situación es aún mucho más dramática. Si un árabe o berebere quisiera conocer el camino de la salvación eterna y hallar paz para su atribulado corazón, tendría que emprender una verdadera odisea para localizar al menos a un cristiano. Aparte de que no encontraría en todo su país ninguna iglesia ni librería cristiana en su propio idioma, para hallar a ese creyente que le pudiera hablar del amor de Dios y de la sangre de Cristo que limpia de todo pecado, ¡ tendría que buscarlo entre toda una multitud de hasta treinta mil musulmanes!

A nadie le gustan las comparaciones, pero

Pensemos por un instante: en Latinoamérica un evangélico por cada siete inconversos, en España uno por cada quinientos, y en Marruecos uno por cada treinta mil. ¿Somos nosotros realmente tan pocos como suponemos en relación a la población que nos rodea? Contemplemos otro país también tremendamente necesitado del evangelio redentor: la India. Su superficie en kilómetros cuadrados equivale a la de Argentina y Paraguay juntas. Su enorme población de 950 millones de habitantes es tanta como la de África y Sudamérica en conjunto. Sin embargo, para nuestro desconcierto, en la India viven aproximadamente ¡ igual cantidad de creyentes que en la Argentina y Chile !

Investigaciones serias que se realizan en todo el mundo señalan que en la actualidad hay por lo menos mil trescientos millones de seres humanos—es decir la mitad de la población total del planeta—que viven fuera del alcance directo de cualquier iglesia cristiana o misionero. Y lo que es más, esos millones que yacen aún perdidos en sus delitos y pecados difícilmente llegarán a tener a un cristiano a su alcance, a menos que creyentes de otros países estén dispuestos a dejar su patria y se trasladen para ir a vivir entre ellos y compartir las Buenas Nuevas.

Al comienzo de la gran comisión

El Señor Jesucristo nos mandó hace veinte siglos: “Id y haced discípulos a todas las naciones”, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”, y “Me seréis testigos..hasta lo último de la tierra” (Mateo 28:19; Marcos 16:15; Hechos 1:8). Dejó de una manera clara e inequívoca la gran meta de la evangelización mundial. Esta fue su Gran Comisión para sus discípulos y para la iglesia de todos los tiempos y lugares. Inicialmente la encomendó a aquellos primeros discípulos, que a la sazón eran pocos en número, pobres en recursos económicos, sin gran trascendencia en cuanto a sus capacidades humanas y académicas, y para más, judíos, una nacionalidad cuyo pasaporte no era bien recibido en ninguna parte del vasto Imperio Romano. Fueron estos primeros y sencillos cristianos, quienes llenos del Espíritu Santo, diseminaron por todas partes el evangelio con pasión y sacrificio. Dios quería demostrar a las generaciones futuras que para llevar adelante su gran empresa de la evangelización mundial se valdría— primordialmente—de su gran poder y maravillosa gracia. “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4.6). “Mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio … , y lo débil … , y lo vil … y lo menospreciado … y lo que no es, escogió Dios … , a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 2:26-29). La voluntad de Dios siempre ha sido que todos los hombres sean salvos, y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4) ya que Él no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Su propósito es todo el mundo; su meta, cada criatura. El alcance de la misión no es nada menos que “toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6) posea su propia iglesia autóctona que alabe y glorifique el nombre del trino Dios. Y cuando este evangelio del reino haya sido predicado en todo el mundo, “entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

Usted responde

¿Podrá quedar la iglesia del Señor en Latinoamérica al margen de esta magna tarea de llevar el evangelio a más de un cuarto de la población mundial que no lo ha oído todavía? Además, ¿será que únicamente los misioneros que dejan sus patrias para ir al extranjero deben ser blancos, rubios y de los países anglosajones industrializados? ¿Tendrán que convertirse primero todos nuestros vecinos a Cristo y cubrirse todas las vacantes pastorales en nuestras iglesias para que entonces nos sintamos responsables de enviar misioneros a otros países? ¿O suponemos que nuestra deteriorada economía es el verdadero impedimento que obstaculiza a la iglesia latina a proyectarse a nivel mundial en las misiones? ¿Tendrá algún valor ese argumento delante de Aquél que dijo que de Él “es la tierra y su plenitud” (Salmos 24:1)?

Los famosos misioneros del pasado

No hay base bíblica para sostener que antes de enviar misioneros al extranjero debemos terminar la tarea en nuestra propia patria. Si esto fuera así, Hudson Taylor no habría salido hacia la China, ni Guillermo Carey a la India, ni Carlos Studd al África. Obviamente, había mucho por hacer en la Inglaterra de sus días. Pero aquellos grandes varones de Dios fueron a esos países donde sentían que iban a ser más útiles, y salieron desafiando, incluso, la incomprensión de muchos de sus compatriotas. Los creyentes de hace ochenta o cien años atrás en Estados Unidos, Suecia, Alemania o Escocia creían que la obra de Dios no se circunscribía sólo a sus respectivos países. Por eso, las iglesias de esas latitudes nos hicieron llegar sus primeros misioneros con la preciosa semilla de la Palabra de Dios. Ellos fueron los que con su abnegado trabajo dieron nacimiento a la obra evangélica en nuestra tierra. Difícilmente estaban aquellos hermanos e iglesias mejor preparados para la obra misionera foránea que nosotros hoy en Latinoamérica. Actualmente contamos con millones de evangélicos en nuestros países, pero ¿cuál habría sido el destino eterno de muchos de nosotros si tales consagrados pioneros de lejanas tierras se hubieran quedado en donde vivían, pensando que allí eran muy necesarios, sin sentirse responsables de ir más allá de sus fronteras nacionales?

Privilegiados espiritualmente En nuestros países, si alguien busca la eterna salvación tiene libre acceso a varios medios como para ser guiado a un encuentro personal con Cristo a través de la fe en Él. Sin tener que moverse mucho de su lugar, o andar buscando demasiado, casi cualquier latino tiene a su alcance ahora, y más aún en estos momentos sin precedentes de gran apertura y crecimiento de las iglesias, amigos evangélicos, biblias, audiciones radiales, cruzadas masivas, folletos, etcétera, que con suficiente eficacia podrán conducir sus pasos al encuentro del Salvador. Si se pierde, no es porque no supo o no pudo, sino porque no quiso. La Biblia dice: “El que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” y “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:36, 18). Pero hay millones que viven en Turquía, Afganistán, Mauritania, Mongolia, Japón, Yemen, Libia, Djibuti, Albania, Bangla Desh, India, Zanzíbar o en las tribus del Mato Grosso o Colombia, que se están perdiendo las inconmensurables bendiciones del evangelio, no porque no quieran o rehúsen creer, sino simplemente debido a que aún no llegó a ellos la noticia de que Dios hace dos mil años proveyó la medicina para curar sus pecados. El conocido pastor de misiones Oswald Smith se preguntaba: “¿Por qué tendrán que escuchar los hombres dos veces el evangelio antes que todos lo hayan oído por primera vez? ”

El granero del mundo Años atrás, mi patria fue considerada como el “granero del mundo”. Por diversas razones eso pasó a ser historia, aunque las riquezas agrícola-ganaderas de su pródigo suelo siguen siendo las mismas de antes. Si las condiciones sociopolíticas lo permitieran, hoy Argentina podría volver a ser el granero del mundo que fue una vez. De manera similar, las iglesias evangélicas disponen de un incalculable capital en cuanto a número de miembros, cultura general, conocimientos bíblicos, formación eclesiocéntrica, y nivel económico de vida que, de encenderse como debiera la pasión misionera dentro de su seno, nos llevarían a ser uno de los principales graneros espirituales, exportando misioneros a este hambriento y desesperado mundo. Evangelistas y pastores de mi país son reclamados y bien recibidos a lo largo y ancho de toda América. Algunos de ellos, que fueron a servir al Señor en el extranjero, desarrollan un ministerio exitoso y de gran repercusión. Pero hasta el presente, por lo visto, gran parte de ellos ha salido a título personal sin que el pueblo de Dios estuviera detrás enviando y sosteniéndoles como corresponde. Esto debería cambiar. Necesitamos desarrollar en nuestras congregaciones locales una fuerte toma de conciencia misionera que posibilite a los hombres y mujeres escogidos de Dios, el salir hasta lo último de la tierra y ser sostenidos dignamente mediante nuestras oraciones, interés y dinero. Es verdad que aquí en casa estamos lejos de haber terminado todo lo que nos queda por hacer, y deberemos continuar evangelizando, plantando iglesias y fortaleciendo a los creyentes, pero las muchas puertas que se nos abren, lo avanzado de la hora en que vivimos, y el claro mandato de nuestro Señor Jesucristo, nos imponen la ineludible responsabilidad de participar simultáneamente en la evangelización mundial … ¡también a nosotros los latinos!

Una nueva generación ha nacido Nuestra mirada vuelve otra vez a Israel. Ya han pasado cuarenta años. Una nueva generación se ha formado mientras tanto en el desierto. No ha aumentado sustancialmente, ni en número, ni en habilidades militares, ni en pertrechos bélicos; pero esa nueva generación de israelitas—ahora sí, confiados en el poder de Dios y dispuestos a obedecer—se lanza a la conquista de la tierra prometida y lo logra. Es que por fin, Israel ha logrado despojarse de aquel complejo de langosta que tanto tiempo le paralizó e incapacitó para avanzar hacia la meta. El nuevo pueblo de Dios, los creyentes latinoamericanos, ¿estarán hoy libres de aquel complejo de langosta y podrán en la presente generación lanzarse más allá de las fronteras nacionales y hacer un aporte decisivo a la evangelización mundial? Estimado lector: ¿Cuál será su parte en el cumplimiento de la Gran Comisión?
por: Federico A. Bertuzzi

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